sábado, 17 de abril de 2010

Día 33, ¿o es 32?

Hace cuatro días que se están produciendo cortes de luz de varias horas. Es una locura, no se puede hacer nada. El primer día estuvimos casi 24 horas sin electricidad. El gobierno asegura que fue un sabotaje a la central que abastece a la capital pero una vez restaurado el servicio, no tardaron más de 4 horas en volver a dejarnos sin electricidad. Después, la luz se va y cuando vuelve no es potente, por eso decidimos en la oficina volver al trabajo manual para que las computadoras no se quemen y en casa, no prender ningún aparato electrónico. Es sumamente engorroso trabajar así y ni que hablar de la vida diaria. Los Subtes no andan o lo hacen con servicios de emergencia solo en determinados momentos del día. En el momento del apagón mayor todas las formaciones se pararon en los túneles. Que caos vivió esa gente. Fueron evacuadas por el personal, teniendo que caminar sobre las vías. Y claro, las telecomunicaciones se vieron también perjudicadas, todo colapsó y como era de esperarse, unos cuantos aprovecharon la impunidad de la noche para saquear negocios o realizar actos de vandalismo que van desde rupturas de vidrios de edificios oficiales, locales y casas de familia hasta pintadas en contra del gobierno. Basta con pararse en la ventana para ver como la ciudad está revuelta. Es todo tan triste, y la gente mezcla de gris y rojo de calentura.
No sé como carajo vamos a seguir y no me refiero a la electricidad, sino al trasfondo; a los sabotajes para desestabilizar al gobierno, a los reclamos justos que se mezclan con tanta fantochada política y quedan minimizados. A riesgo de parecer extremista, hay que esperar lo peor y lo peor, como siempre, le toca a la clase media y a los pobres.

Sobre el duende que decir, ahí anda, es buen tipo, súper laburador; en estos días de locura trabajamos codo a codo para hacer las cosas lo mejor posible. Ayer estábamos separando cartas por países y de pronto empecé a tararear Bad Romance sin darme cuenta, si, ya me la sé de memoria. El enano esbozo una sonrisa y, contagiado por mi tarareo, empezó a seguirme. Terminamos los dos cantando a grito pelado. Siempre está bueno un poco de distensión en medio de tanto aire viciado.

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