viernes, 9 de abril de 2010

Día 25, viernes otra vez

Otra vez llegue diez minutos tarde. La mañana pasó rápido. El señor John nos honró con su presencia y 2 docenas de medialuna de manteca. De todos modos, comí solo 3. Hoy tenia ganas de algo salado. No hay nada que me venga bien, jajaja lo sé.
El señor John es súper macanudo, estuvimos hablando de cómo surgió la necesidad de poner una oficina de Santa.inc en Buenos Aires.
Al parecer una serie de variables favorecieron que Buenos Aires y no Rio de Janeiro sea el lugar elegido en el Conosur. El motivo principal es que en Argentina, como la mayoría de los países de la región, se habla castellano. Antes todas las cartas de latino America eran destinada a Canadá pero los empleados tardaban demasiado en descifrar lo que los niños (y los padres) escribían, sobre todo por el uso del lunfardo. Pero aun estando en Argentina hay cuestiones de ese tipo que se escapan, como que en ocasiones llegan cartas en francés, ya ha pasado, que vienen de las guayabas o en portugués, de acá al lado, Brasil. Igualmente, es cierto, hay palabras que no entiendo y solo al googlearlas puedo sacarme la duda de que es lo que significan y como soy aplicadito, estoy armando una lista para no tener que buscar dos veces la misma palabra. Se trata de agilizar la cuestión.
Por otra parte, el duende anduvo bastante callado hoy, se ve que la presencia del señor John lo intimida. Al fin alguien que lo logra ponerlo en su lugar. Sigue tomando mucho café, y le dio sin asco al as facturas, es la primera vez que lo veo comer. Yo le digo que se le va a hacer un agujero en el estomago pero no me da pelota, es más lo saborea con más ganas, parece que lo hace apropósito.
Casi, casi me agarra un ataque. Es que a eso de las doce el mediodía estaba que me moría de hambre. Había pedido supremas de pollo a la napolitana con papas fritas. De solo pensar en mi almuerzo se me hacia agua la boca pero de repente unos bombos comenzaron a escucharse a lo lejos. Era una manifestación que terminó instalándose en la puerta del edificio. Todo demasiado conveniente, para alguien más, claro está. El ruido era molesto pero más molesta me ponía la idea de que el delivery no pudiera surcar el mar de encapuchados. Como es típico de estos casos, todos los negocios cercanos bajaron sus persianas pero por suerte, aunque con 20 minutos de retraso, la comida llegó y fui feliz.
A la hora de la salida aún estaban esos inadaptados sociales, dale que dale, con el bombo y los cantitos políticos. No me pregunten que reclamaban porque a estas alturas no me interesa que es lo que puedan llegara pedir nadie. Sé que está mal, que es una muestra de falta de interés por cuestiones que hacen al que hacer diario del país en el que vivo, pero es muy molesto tener todos los días la cuidad cortada por acá y por allá. Por suerte no pagué el boleto del subte, al fin una buena, porque los trabajadores, oh casualidad, también se estaban manifestando, pero esta vez, de un modo que no jode a la gente que labura.

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