El placer de que sea la hora de la salida un día viernes es inigualable y más si es viernes y salimos una hora antes.
Cumpliendo con su palabra, el señor John llegó temprano en la mañana para trabajar a la par nuestra, estuvo bueno porque así puedo entender un como mejor como funcionan las cosas acá pero lo malo es que no pude estar mucho en Facebook o Twitter. Una cal y una de arena, supongo.
Como se imaginaran el duende se portó como un señorito ingles, es lindo verlo sentado y en paz leyendo cartas. Hay momento en que me gustaría agarrarlo distraído y apretarle los cachetes al cachetoncito ese. Y hablando del duende, se pasó todo el día realmente misterioso moviendo de un lado para el otro un paquete. Primero lo tenia en el cajón de su escritorio, de la nada lo llevaba a la cocina, luego regresaba al trabajo y me espiaba, si me paraba para ir a tomar agua o prepararme un té me seguía, luego movía el paquete al baño, la habitación de los sacos de cartas y luego volvía al cajón de su escritorio. Me tenía completamente intrigado. Sabia que ese era el regalo que había prometido ayer y la verdad, lo quería ya pero no lo tuve más que esperar hasta las tres y media de la tarde, cuando el señor John no dio la noticia que a las cuatro nos retirábamos para disfrutar del feriado. El día de ayer había comprado un huevo para el duende y al ver que el señor John estaría todo el día con nosotros me pareció una situación incomoda darle un regalo al petizo y al yankee no asíque a la hora del almuerzo pasé por un maxi quiosco y compre otro huevo. La situación estuvo bien resuelta ya que John nos obsequió, en nombre de Santa, un huevo gigante a cada uno. Los ojitos saltones del duende se desorbitaron aun más de lo natural al ver tamaño huevo, el que casi lo igualaba en tamaño y me arriesgaría a decir, en peso. Bueno exagero, ¿pero no hubiera sido cómico ver al duende tratando de abrazar un huevo de su altura? De todos modos era inmenso. Tomas va a estar feliz de romperlo este domingo. Nos daremos una panzada de chocolate con mi sobrino. Luego saque de mi mochila mis obsequios y ambos se sintieron alagados. No hay mayor alegría que regalar algo y ver en la cara de quien recibe el presente la gratitud. El huevo del petizo era un Kinder, creo que lo había adelantado, bueno le pedí que lo abriera y serio me dijo:
-De ningún modo, los huevos se abren el domingo.
-Si, pero veamos que juguete te trajo
-No, de última el domingo te mando un mail y te cuento
-No me aguanto, dale
-No
-Ufa
El señor John se río de la situación que ahora que lo pienso debió ser bastante tonta. Ahora solo quiero que llegue el domingo para leer el mail. En fin, después llegó el momento culminante de la jornada. Esperé, esperé y esperé y nada. Acomodamos algunas hojas, despedimos a Olmedo, apagamos las computadoras, cerramos la oficina, llamamos al ascensor y nada. Bajamos, piso 12, piso 11, piso 10. Nada. Piso 9, piso 8, piso 7, piso 6 y nada. Piso 5 y así hasta planta baja. Estaba medio triste y solo podía abrazarme a mi mochila buscando algo de consuelo cuando, antes de salir del edificio, el duende me tira de la chaqueta y me pide que baje entonces saca de su bolso el bendito paquete y yo, completamente emocionado, lo agarré cuando el me dijo;
-Ya sé que sos ansioso, dale abrilo, si igual ni a la parada del colectivo va a llegar el envoltorio.
Apresurado lo abrí y… y era un portarretrato trucado de los dos vestidos yo de duende y el de Santa. Me quedé helado. Si, esperaba un chocolate pero lo que había recibido era mucho mejor. Lo mire, él me miró y nos abrazamos hasta que empujándome nos separo.
-listo, no pidas más abrazos hasta navidad, lo único que falta es que se empiece a rumorear que entre vos y yo…
Volví a casa súper feliz, como cuando era chico y desayunaba el domingo rosca de pascua junto a mi familia. Es una bendición estar vivo y rodeado de gente que vale la pena.
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