Mi niñez no fue, por así decirlo, una niñez ideal, si pensamos en el ideal desde la visión de un chico de 7 u 8 años que espera para cada ocasión especial para recivir juegos y juguetes. Mi viejo trabajaba en una fábrica textil y a decir verdad el dinero alcanzaba ahí, para lo justo y necesario. No puedo quejarme, a mi hermano y a mi nunca nos faltó de comer; tuvimos la mejor educación que la escuela estatal podía brindar, algo de lo que muchos padres de hoy pueden sentir melancolía ya que, no sé si es un tema de los planes de estudios, de falencias gubernamentales o del descarrilamiento de los jóvenes, pero la escuela ya no es lo que era. Pero no quiero hablarles de mi sino de lo que me pasa a menudo en el trabajo.
Varias veces me he encontrado lagrimeando mientras leo alguna de las tantas cartas que recibimos a diario. Salvando el que a menudo se complica entender que quisieron poner, es maravillo el encontrarse cada día con que en un mundo que se cae a pedazos por donde lo mires, sigue existiendo tanta inocencia.
No les voy a mentir. No tengo porque. No creo en mucho de lo que pasa a mi alrededor. Soy grande y hace bastante, creo antes de nacer, que sé que Santa no existe y por más de que tenga a mi lado a un duende, por más de que levante el teléfono cada vez que suena y mantenga conversaciones con proveedores de plástico, cartón, nylon, telas y lo que se les ocurra, por más que tenga que liquidar sueldo de sujetos llamados con nombres que mas que nombres parecen apodos, no siento que nada de esto sea real. Pero sin embargo, y una tras otra, me zambullo a historias que no pueden ser ficticias. ¿Quién se tomaría el trabajo de escribir tantas cartas en nombre de tantos niños? ¿Con que motivo? ¿Para mantenerme atado a cual ilusión? Soy solo uno más del montón como para inventarse semejante cuento de hadas. Y claro, dudo, me pregunto que demonios sucede y hasta, con bastante recelo, me permito creer que esto es verdad.
Ojala tuviera la llave que me acerque a descifrar el enigma más grande pero aún estando en lo que parece ser la fabrica de sueños, me resulta imposible ver siquiera la cerradura. ¿Será que estoy en verdad ciego? ¿Será que al crecer perdí el don de creer sin cuestionar? No recuerdo haber creído en Santa o en los Reyes Magos alguna vez en mi vida. Debería charlarlo con mi hermano para ver si tengo razón al sentir que desde niño mis padres nos criaron fuera de las fantasías de ancianitos que entran por la chimenea y de reyes que cruzan el desierto para conocer a un niño.
Lo siento. Al sentarme frente a mi computadora, con una taza de té caliente y el sonido del ronroneo de mi gata Manuela, me entró una profunda melancolía. Sé que tuve los mejores padres del mundo, que jamás fui retado por ellos ni aun cuando hacia una travesura, que se brindaron en todo, que solo recibí amor pero aun así hoy siento que debo reclamarles esa pizca de magia que no me entregaron, ese “creer que todo, hasta lo más absurdo, es posible”. ¿Lo es?
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