El fin de semana fueron dos días terribles. Si alguna vez tuvieron dolor de muela van a entender porque no subí nada al blog ni sábado ni domingo. Me la pasé tirado en la cama tomando analgésicos, para colmo mi dentista de confianza está de vacaciones asíque tuve que recurrir a otro pero claro, solo una vez que la inflamación bajara podrían extirparme la muela. Eso no pasó hasta hace unas cuatro horas pero si el fin de semana fue un completo desastre, hoy lunes se lleva el premio mayor.
Con la cara hinchada y todo me subí al subte y fui a trabajar. Está vez llegue a horario, de hecho unos minutos antes y oh sorpresa, el duende ya estaba ahí, cepillandose los dientes en el baño. No sabia que los duendes fueran tan pulcros, lo vi cepillandose su blanca dentadura y mojando su cabellera para luego peinarla y coronarla con el gorro duenderil. Esta mañana estaba con pocas pulgas asíque fui discreto, educado pero directo y le pregunté como había entrado. Le tomó unos segundos responder y luego me dijo que una de las cosas que había aprendido en el taller de Santa fue a hacer llaves maestras. Si, de esas llaves que abren todo. Al principio no me pareció una buena idea que el duende tuviera una llave maestra, sobre todo porque la única llave autorizada era la que el señor John me había entregado en mano, pero basto que diera un vistazo a la oficina para que entendiera que no había demasiado que un duende pudiera arruinar o robar, así que decidí acabar el tema allí.
Afortunadamente el dolor de muelas había cesado, pero la hinchazón y la sensibilidad del oído derecho persistían para colmo, a eso de las 10 de la mañana unos martillazos como bombas antiquísimas de la segunda guerra mundial cayendo sobre las casas de los judíos empezaron a taladrarme la cabeza. Mi oficina es la D, justo al lado de la E y enfrente a la C. Al parecer nuevos vecinos se han instalado en la oficina E y están remodelando o algo por el estilo. No se pueden imagina el mal humor que tenia esta mañana. Soporte unos cuantos martillazos antes de pararme en la puerta a ver porque tanto alboroto. ¿Cuántos clavos necesita una pared? No lo sé pero mínimo 400 golpes estaban de más. Como era de esperarse la puerta estaba cerrada y no insistí, fui a la cocina y me preparé un té para acompañar un nuevo analgésico mientras el odio parecía explotarme indefinida cantidad de veces.
Antes del mediodía y aun con el ruido en el centro de la cabeza recibimos la visita del Sr. John. Quisiera reírme, llorar o lo que sea, pero la verdad no puedo salir de mi asombro, y del enojo. Y les juro no exagero. Una de las cuestiones de las que hablamos, y no en profundidad lo cual me arrepiento, es sobre el uniforme reglamentario de la empresa. A decir verdad no me desveló la idea de esperarlo, durante estas dos semanas vestí formal, pantalón de vestir, camisa, corbata y zapatos, pero esto es demasiado. El Sr. John entró sonriendo amablemente justo luego de que los golpes en la oficina de al lado cesaran. En sus manos traía una bolsa, de esas que se usan para cubrir la ropa. Estirándome la mano me saludó y acto seguido dijo:
-Eh aquí su uniforme. Ha sido confeccionado a medida por nuestro mejor sastre.
Solo atiné a agarrarlo y con todo el miedo del mundo tras ese “por nuestro mejor sastre” lo descubrí. Quedé atónito y no supe que decir
-Si, lo sé. Está atónito y no sabe que decir. Lógico, suele parar, la sensación de tener en sus manos una prenda tan fina y elegante. No se preocupe, yo lo diré por usted. Es maravilloso. Mire sino lo noble del genero de la chaqueta y que decir del pantalón. La seda finísima del camisolín y, claro, lo fino de los detalles de los botones en dorado y de los dibujos arabescos en mangas y cuello. Único. Acorde, sin lugar a duda, con sus tareas para la empresa y aun empelado de su categoría señor Wuest.
Si, único, no cabe duda, ahora me la intriga si en la tienda de disfraces de donde lo sacaron no haya más de estos uniformes de la guerra civil española, así cuando tenga una fiesta de la armada puedo invitar a algún amigo y hacernos pasar por soldados rasos. No quise probármelo en seguida, de hecho, no quería probármelo pero no tuve más remedio que hacerlo. A solas en el baño me sentí tan, pero tan ridículo. Parecía, definitivamente un soldado aliado luchando contra el eje del mal. Solo me faltaba el sombrero con visera negra.
-Caraba hombre, se me olvidó en el auto el sombrero con visera negra. Delicioso detalle.
-Perfecto, me preguntaba como haría los días de sol o si llueven soretes de punta.
-¿Cómo dice?
-No, nada señor John, que es una pena que se lo haya olvidado porque así no se aprecia el uniforme en su conjunto.
-Cierto, cierto, aguárdeme que ya se lo traigo
Como podrán imaginar los dos, tanto el señor John como el duende estaban encantados, solo faltaba que sonara musiquita de tarjeta de navidad para que ambos danzaran tomados de la mano a mi alrededor. Me siento un pelotudo, pensé y voy a seguir pensándolo hasta el día en que me muera. Esto del uniforme es todo un contratiempo. No pienso salir a la calle vestido así. Pero claro, la vida es traicionara asíque hoy no tuve más remedio que tomarme un colectivo, del trabajo al dentista, con ese look particular a menos que me arriesgara a cambiarme y llegara tarde a la cita. Fue un suplicio todo, la espera en la parada, aguantarme las miradas indiscretas de la gente, las risitas burlonas de algún vivo, de esos que nunca faltan y los comentarios de los nenes…
-Mamá, mamá ¿Por qué ese señor esta vestido así, ya es 9 de julio?
No sé si me molestó más la pregunta o el que usara el termino señor. Mocoso insolente.
Y bueno, ese fue mi hermoso lunes. Les juro que en varios momentos de la tarde, sobre todo cuando intercambiaba miradas silenciosas con el duende y este me sonreía, gesto de aprobación del uniforme, sentí que todo formaba parte de una cámara oculta. Lo bueno es que más allá de las 12 del mediodía los ruidos en la oficina contigua cesaron. El duende, escurridizo como un gato, pudo averiguar porque tanto alboroto, nuestros nuevos vecinos son una empresa de sexo por Webcams y lo que clavaban eran las diferentes divisorias para crear los cuartos en donde los hombres y mujeres se encierran para hacer el show de pay per view o pagar para ver. Bueno, quien les dice que mi el amor de mi vida, o al menos mi próxima cita de viernes por la noche no está acá, justo al lado mío mostrándose en pelotas por Internet. Y de última ¿Quien soy yo para juzgar el trabajo de la gente?, si me gano la vida leyendo cartitas de infantes que aun no saben atarse los cordones dirigidas a un viejo canoso que vive rodeado de duendes en el polo norte. Si la cuento no me la creen, no me la creen.
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